El Señor del I-Ching

Tuvieron que pasar diez años para que el Sensey Kozono Mitsuo pudiera husmear por la casa del I-Ching y que las líneas con las que se tropezó a los doce años por fin empezaran a adquirir forma y sentido.

Lo que una vez fue obtuso se convertiría en una fuente importante de sabiduría y aquel niño terminaría por convertirse en Maestro de la Meditación (Dhyanin), en un experto en las relaciones de la ciencia arcaica con pensamiento tradicional, con estudios en la Escuela de la Divinidad de Harvard y en la Universidad del I-Ching de Taiwán.

A simple vista, un título académico imposible de lograr por cualquier persona, pero que, según confiesa el Sensey, es posible gracias a numerosas sesiones de estudio y prolongadas horas de meditación, las mismas que religiosamente él practica y perfecciona.

“Al principio, teniendo el texto del I-Ching solo sabía que era una fuente muy importante de sabiduría, pero no sabía en qué aspecto ... sentía una barrera, no sabía como penetrarla, pero mi profesor de Aikido al ver mi interés me fue abriendo las ventanas, enseñándome los principios, contactándome con personas y recomendándome lecturas. Aun así sentía que estaba fuera de la casa del I-Ching, que ni siquiera estaba en el vestíbulo sino merodeando por las ventanas”, afirma Kozono Mitsuo.

Descubrió que para penetrar en los secretos del I-Ching era necesaria una cuota de madurez. La experiencia de vida –dice- permite entender que las huellas de este documento histórico y sagrado están presentes en toda la cultura clásica china. “No hay ciencia, estudio, práctica o arte que se escape de ella”, afirma.

El “Profesor”, como cariñosamente lo llamaban sus alumnos, prosigue con su explicación y se hace eco de nuestra pregunta:
-“¿Cómo ha cambiado mi vida el I-Ching? ... Me enseña cómo se comporta la energía en nuestra vida, en la tierra y el mundo, de acuerdo con ciertos patrones. Aprendí que según el comportamiento de esa energía hay consecuencias a nivel físico, emocional y mental. El I-Ching es como un ají limo, un palillo o un sazonador en todas las cosas que experimenta la sociedad”.

FUTURO Vs REALIDAD

Aunque mucha gente se acerca al I-Ching como un método oracular, este no es una especie de tarot. “El I-Ching no pronostica el futuro, porque todo depende del comportamiento ético y moral, donde la conducta marca el destino de cada uno”, explica.

A pesar de eso no niega que en todas las predicciones que ha hecho con el oráculo sagrado no se ha equivocado. Su certeza –confiesa- está en la sinceridad, humildad y convicción con que se acerca la persona a plantear sus incógnitas.

“Si uno se acerca al libro para probarlo y ver qué dice, no funciona. Tampoco estón permitidas preguntas para ver quién gana el partido de fútbol, las preguntas deben ser importantes, consultar cuando hay necesidad de tener una visión más clara de las cosas, no como una muletilla”, explica Kozono Mitsuo.

En el caso del Sensey, el estudio del libro sagrado no ha sido por un interés oracular, mucho menos para leer el futuro a terceros, salvo casos especiales, sino para el auto cultivo y meditación física, emocional y mental.

EL TEXTO

El texto original es un libro de imágenes que son los 64 hexagramas que representan todas las situaciones habidas y por haber, que la naturaleza, dioses y hombres pueden encontrar, en el cual se hace referencia a personajes y eventos que han ocurrido. Los hexagramas están conformados por dos trigramas, y estos son ocho: Chien, el cielo; Chen, el trueno; Kun, la tierra; Sun, el viento; Kan, el agua; Li, el fuego; Ken, la montaña, y Tui, el lago.

LEYENDA

Numerosas historias apuntan a que el origen del libro del I-Ching se remonta al año 1100 A.C, y que esta obra maestra del pensamiento chino contó incluso con la participación activa del propio Confucio.

Se dice que fue escrito por Fu Xi, conocido como el padre de la civilización. Cuenta la leyenda que un día, en sus meditaciones diarias, vio una tortuga emergiendo del agua de un río. Tras analizar el caparazón de la tortuga, concibió que todo el universo estaba representado en las pequeñas marcas dispuestas en el caparazón. Así nacen los ocho símbolos que recibirán el nombre de trigramas y consiguientemente los 64 hexagramas, que es la combinación de dos trigramas. Pero la tradición también explica que la actual compilación de los 64 hexagramas tuvo como artífice al Rey Wen, antecesor de la dinastía Chou, y que el texto fue reeditado por su hijo, el Duque de Chou.

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