A Beijing se llegaba más cómodamente en 1973 a partir de Europa. Viajar por el Pacífico hubiera significado entrar por Hong Kong, pero de allí habría que haber tomado un tren (no había metro), a la frontera, recorrer el puente a pie, cargando el equipaje; de allí tomar otro tren a Guangdong y, por último, el avión hasta Beijing. Era un verdadero viaje a la China. Así que Juan Alayza Rospigliosi, mi papá, que había sido nombrado Consejero de la Embajada del Perú en Beijing, escogió la ruta por París, para evitar el largo viaje en una ruta que era tan larga como un viaje de Lima a Panamá. El avión de la Pakistán International Airways hacía la ruta de la seda y de las mil y una noches por la vía aérea: de París a Damasco, de Damasco a Bagdad, de Bagdad a Karachi, de Karachi a Islamabad y de Islamabad a Beijing.
Varias horas a través de un paisaje de inagotables cordilleras totalmente cubiertas de nieve eran la entrada a la China, el más misterioso de los países al inicio de la década del setenta. Hacia el atardecer aparecía en la ventanilla del avión el paisaje árido de marzo de la China del norte. Los chinos dicen que la primavera comienza en febrero, pero la naturaleza pareciera (solo pareciera) que todavía no fuera consciente. Impresionaba en el atardecer de Beijing la sequedad de los campos y la ausencia aparente de cultivos. El ingreso a la ciudad después de un largo recorrido en carretera era casi imperceptible, pues el campo y la urbe parecían tener una frontera no bien definida. La gente, incluso los más jóvenes, vestían los trajes e obreros, entonces característicos de la China. Por la noche, me sorprendieron en los techos de las edificaciones muchos letreros con carácter luminosos y de color rojo. No podía imaginar qué extraño producto promovieran. Al día siguiente, con la llegada del día apareció ante nuestra vista, el paisaje de tejados curvos de la ciudad. En el comedor del hotel aprendí sin darme cuenta las primeras frases de un idioma que erróneamente había supuesto imposible para el extranjero: Ni hao, xiexie, (hola, gracias). La necesidad de comprar papel y lapiceros para escribir mis cartas, y luego las indicaciones en el correo sobre si deseaba que la carta fuera o no certificada y para escoger las estampillas, tan variadas, sugerentes y coloreadas, me llevaron a aprender las siguientes palabras. Para la fiesta de la juventud, el 4 de mayo, comencé a recibir mis primeras lecciones con un profesor, amigo a quien recuerdo con frecuencia: el señor Zhu Zhengcai, de Shanghai, que volví a encontrar en Lima a finales de los ochenta cuando volví de la China.
Zhu me enseñó desde los rudimentos de la lengua y la escritura chinas, la “lógica” (como él la llamaba) de la construcción de la frase china, hasta los primeros elementos de la cultura china que él me hizo descubrir y admirar poco a poco. Para diciembre de ese año ingresé al Instituto del Idioma de Beijing, cuando éste comenzó a recibir a los primeros estudiantes occidentales que venían a la China después de la Revolución Cultural Proletaria. Aquí descubrí que la lengua china puede ser una vocación y una profesión para toda la vida. Hoy, 32 años más tarde, he comprendido muchos de los misterios que me sorprendían al inicio y he descubierto muchos otros temas que me hacen intuir que me faltará más de una vida para comprenderlos.
Así es el idioma chino: fácil para aprender en sus inicios, fácil para dar cada paso, pero inagotable en sus alcances y en su riqueza de formas y de estilos. A quien no ha comenzado a estudiarlo, lo invito a que lo haga pues muy pronto descubrirá que es mucho más fácil aprender a expresarse en este idioma que en ningún otro; por más que pueda parecernos increíble.
* Nació en Lima en 1956. Estudió nueve años en Beijing y en Nanking, desde 1973 hasta 1976 y desde 1982 hasta 1987. De regreso, es profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en su Centro de Estudios Orientales, donde tiene a su cargo el curso de Lengua China. En 1999 el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú lo nombró traductor oficial del chino. Ha traducido una colección de poemas de Li Tai Bo y el Estudio de lo Grande y la Acción de lo Interno, dos textos fundamentales del pensamiento confuciano.




