El chino no se habla, se canta. Tampoco se escribe, se pinta. Mucho menos se entiende, se acepta. Así es el chino, o lo amas con locura o lo odias con delito. Para siempre.
Hace tres años, mientras estudiaba un seminario sobre Culturas del Oriente en Taiwán, recibí mis primeras clases oficiales de chino. El curso era tan corto que la profesora entregó un pequeño libro verde (que aludía a lo inmaduro) con las frases más importantes y necesarias para cualquier extranjero, escritas cómodamente en “pinyin”, es decir, la traducción fonética de los caracteres chinos (hanzi) a un alfabeto latino. Con suma resignación, dijo que por el momento, era lo único que podía hacer por nosotros.
Yo, que para entonces ya me había graduado de lingüista en la Pontificia Universidad Católica y dominaba del Oriente los sistemas de escritura del japonés, hiragana, katakana y kanji, creía ilusamente que aprender chino resultaría tan simple como echarle más agua al caldo. Los kanjis, es decir, algunos hanzi incorporados a la lengua japonesa, me ayudarían a preparar mi sopa wantan. Con este libro de recetas bastaba acercar la olla al fuego y esperar el tiempo de hervor.
Sin embargo, había olvidado lo más importante: el kión. Me lo explicó la profesora al final de clases, que tras escuchar mi alegato, escribió en la pizarra, sin borrar la sonrisa perfecta de su rostro: “Hanyu hen nan”. Traducido en buen cristiano: 2El chino es muy difícil”. Mis ojos se abrieron ante ese “adjetivo complicativo” que siempre lo he sentido como el pañuelo que un noble caballero lanza al rostro de su adversario para retarlo a un duelo. Tras elegir el arma y los padrinos, salí huyendo de Taipei rumbo a la frontera entre Afganistán y Pakistán, para convertirme en la corresponsal de guerra del Diario el Comercio, debido a los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001.
En lugar de batirme a duelo con el chino, terminé enfrentada con el pashtu, la lengua de los Talibanes.
Confieso que con el chino (aunque lo cambié muy rápido por el pashtu) fue amor a primera. Como si nos conociéramos de siempre. El japonés me la había presentado hace años, a través de los kanjis y yo me había quedado deslumbrada con su simbolismo. Eran parientes y se parecían mucho. Por medio de mis estudios de lingüística, investigué cuidadosamente su pasado, su estructura y funcionamiento. Pero mi fidelidad al japonés, mi terquedad por mejorar mi relación con el inglés y finalmente mis coqueteos con el pashtu me impidieron por entonces, ir más allá con el chino.
Detrás de una línea de llegada, hay otra partida. Dos años después, volví al Oriente por la puerta más grande del chifa. Tras asumir la corresponsalía de guerra en Afganistán (2001) e Iraq (2003), decidí que era momento de tomar un año sabático y reencontrarme con los estudios teóricos. Llegué a China en agosto pasado, becada por el gobierno de este país, para realizar una investigación académica en la Universidad de Beijing (Bei Da).
Inmersa cada tarde en mis lecciones, el chino no me permite olvidar el duelo pendiente que tenemos desde Taiwán. Y cada día que pasa compruebo que, a pesar de mi pequeña ventaja en la escritura, a mi sopa wantán todavía le falta la medida exacta de kión. Que no es otra cosa que la tonalidad correcta en cada palabra que enuncio.
El chino es un idioma tonal. La diferente tonalidad que reciba una misma sílaba o palabra determina un significado distinto. Un reciente estudio científico sobre el idioma chino, publicado por la organización británica Welcome Trust, confirma lo que suelen decir los profesores a los estudiantes de esta lengua: “Hanyu hen nan”. Mientras que en otros idiomas basta que los hablantes utilicen el lóbulo temporal izquierdo del cerebro humano, el chino exige que también se trabaje al mismo tiempo con el lóbulo temporal derecho. Como siempre, los chinos trabajan más.
Si bien en el hemisferio izquierdo se encuentra el centro de procesamiento del lenguaje, el chino por su carácter tonal requiere además que se active la parte derecha del cerebro, porque en ella se localiza el centro del procesamiento musical. Es decir, mientras que los chinos la necesitan para distinguir los tonos y comunicarse, los occidentales la utilizan cuando escuchan música. Los científicos, están muy sorprendidos con los resultados porque esperaban un mismo comportamiento del cerebro en cualquier lenguaje. No sólo es la lengua más hablada del mundo sino también la más complicada de aprender.
Esta y otras tantas experiencias ha quedado registradas en “Correo de Seda”. Así llamo a una serie de crónicas que publico cada viernes desde Beijing, en una página de Internet bautizada como “La Casita de Seda”. Las escribo en honor a Marco Polo, por atreverse a llegar tan lejos, por trazar y avanzar sin miedo en la ruta de la seda y por mostrarle al resto del mundo conocido los tesoros milenarios del Oriente.
Conforme pasan los días, y me acerco más al chino, siento que he encontrado un lugar en el Oriente. Desde el balcón de mi edificio puedo ver cada domingo las cometas que se elevan en el parque vecino. Cierro los ojos para recordar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mi querido Perú, y los traigo aquí conmigo. Después, sonrío porque descubro que el español me espera en casa, el japonés en el cuarto, el inglés en clases, el pashtu en el teléfono, pero yo, ahora corro apasionada detrás del mismo chino de la esquina.
*** Patricia Castro Obando, corresponsal de Guerra del Diario El Comercio, e Investigadora becada de la Universidad de Beijing, China.




