Un Inmenso Río Interior

Autor: 
Rafo León *

Un buen día del 2001 tomé un avión y partí, solo, a China. No son cinco semanas tiempo suficiente para conocer ningún país importante, menos aún China. Estuve en Beijing y de allí viajé por tren a Tianjing, a Pinyao, a Shanghai y a Xi´an. Una neumonía me cortó las posibilidades de visitar el Tibet, o quizás Kashgar. No importa: el haber sido paciente por cinco días en un hospital de Beijing, entendiéndome más que por sonrisas con el personal del establecimiento, fue uno de los momentos de mayor aventura, del que salí en perfecto estado de salud.

Jamás olvidaré el olor a especias picantes y a sándalo que me guiaba por las callejuelas llenas de gente siempre sonriente y pacífica, que limpiaba sus bicicletas, alimentaba a sus pájaros o simplemente se dedicaba a mirar las copas de los árboles en ese otoño espléndido. Amanecer en otoño y salir, con el frío seco de Beijing a caminar por los parques de la ciudad, observando a los miles de ancianos practicando Tai Chi, o quizás tango, o salsa, bajo la guía silenciosa de maestros también sonrientes.

El mismo espectáculo en los jardines del Palacio de Verano o en los de Beihai, mientras bebía té caliente. La subida en funicular a las cumbres de la Colina Perfumada, donde nuevamente me di de bruces con esa combinación única entre belleza natural, edificaciones imperiales y grandes grupos de gente, siempre amable, siempre dispuesta a entablar charlas inviables con un lao wei despistado.

Un templo de Tianjing, donde entendí la relación entre el tambor y la campana, y descubrí fascinado los sutras (recopilaciones de los sermones de Buda) cantados por monjes, para variar, sonrientes y agradables. Llevo en la pituitaria el olor de las miles de varillas de incienso que los fieles encienden en las portadas de las capillas y salones donde se rinde culto a deidades que no castigan ni maltratan: sólo ayudan a relacionarse armónicamente con el mundo, sin dañar a los demás, en base al amor por uno mismo y la convicción de que nada es tan importante como para resultar angustiante.

En Tianjing, también un templo musulmán, donde para que me permitieran entrar tuve que probar que no era norteamericano (acababa de ocurrir el atentado dl 11 de septiembre). Pingyao me partió en dos. Allí entendí lo que es realmente una cultura viva con siglos de respaldo.

Transpuse sus murallas perfectas y encontré un inmenso mercado inserto en los remanentes de una ciudad que en el siglo XIX fue un importante polo para el capital financiero, sobre los restos de otra ciudad de más de dos mil años de existencia.

Fui a Pingyao con un amigo peruano que llevaba diez años viviendo en China. Una tarde, caminando por las callecitas tortuosas del pueblo, nos sacudió una música incomprensible. De pronto apareció una procesión, precedida por portadores de inmensos faroles de tela negra, detrás caminaban como alucinados personajes vestidos de blanco con las manos atadas con cuerdas que a su vez se amarraban a un catafalco cubierto de terciopelo rojo. Un entierro. Cuando reaccioné, encontré a mi amigo con los ojos abrillantados de llanto emocionado.

Adoré por sobre todas las cosas la sensación de caminar por The Bund de Shanghai a cualquier hora del día. Según la luz, el río Huangpu puede ser rosado, amarillo, lila, hasta azul o granate, y al frente, los edificios art deco con sus toques chinos hablan de un cosmopolitismo completamente incorporado en lo que debe ser la ciudad más femenina del mundo.

Ningún lugar como Shanghai huele a mujer y hace que uno se sienta acompañado por una mujer, aún cuando esté solo. Xi´an, ciudad en sí misma poco atractiva, me atrapó, menos por su espléndido museo con la necrópolis de Qin Shihuan que por su barrio musulmán anexo a la Gran Mezquita.

Una tarde, comiendo un huevo duro de pata con salsa de vinagre sentado en un sucucho ruidoso, miraba a miles de personas cocinando en la calle o vendiendo y comprando desde pasteles de fruta con miel hasta cajas de laca, decidí que sería poco probable que en le resto de mi vida me sintiera tentado por una visión estereotipada y marketera de lo que es el viajar, y que China – a pesar del poco tiempo – me estaba dando lecciones de lo maravilloso que es tocar con los dedos la magia de un mundo tan distinto y tan urgente de ver con mayor profundidad.

En el Templo de las Estelas de Piedra me paseé entre esos rectángulos de granito inscritos con mensajes de Confucio y Mencio.

Recibí de un joven chino una copia litográfica de esas piedras, el dibujo de un florero lleno de botones a punto de abrirse, con un texto que no comprendo pero que me hace sentir que esas cinco semanas que pasé en China han abierto, dentro de mí, esclusas y represas que dejan ahora fluir un río interior renovado que me llevará de vuelta a China, con toda seguridad, donde me podré sumergir en realidades, y fantasías que aún me quedan como el mayor desafío de mi vida.

* Humorista creador de la archifamosa “China Tudela”, periodista y viajero que busca el presente de la historia en otros países, como por ejemplo China, y nuestro territorio. Fue el conductor del programa “Tiempo de Viaje” que transmite Antena Informativa (canal 6). El espacio fue reconocido con el premio Creatividad Empresarial en la categoría Recreación y Turismo por su acierto en difundir documentales sobre los paisajes majestuosos, el calor de los pueblos y la riqueza histórica de nuestra tierra.

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